La llama morada
Por Anthony Cârdenas Barrionuevo
Las redes sociales literalmente arden en memes y comentarios sobre la presunta infidelidad de Julio Guzmán; algunos pocos lo defienden y la mayoría lo lapida con crueldad.
Mas allá de nuestros primeros impulsos incendiarios, no estaría de mas hacer una reflexión más o menos objetiva del asunto; y es que, en unas elecciones extraordinarias caracterizadas por pedir al votante ajustar sus desiciones a la razón y no a las emociones, resulta paradójico.
No se trata de defender o lapidar políticamente a un candidato. Simplemente cabe hacerse una pregunta que nos haga reflexionar. Julio Guzmán para el caso es un mero objeto de estudio.
¿No es acaso equivalente pedir que no nos dejemos impresionar por el candidato que baila, que canta reggaetón, que se compara con Anabelle, que tira jabones, que aprovecha sus escándalos en televisión; a no dejarnos llevar por la ola del escándalo mediático que, al fin y al cabo, pertenece meramente a su vida sentimental?
Dejémonos de ingenuidades, lo que observamos en la entrevista de Cuarto Poder fue una matanza rememorante a la sufrida por Augusto Ferrando en Fuego Cruzado, con la clara intención (que bien puede tener sustento) de destruir lo poco que quedaba de Guzmán. Vamos, que ponerlo en aprietos sin tocar temas banales es bastante, pero bastante fácil.
Como un televidente absolutamente descontento con la política peruana, mientras Thorndike encarnaba perfectamente a Magaly, no podía dejar de preguntarme: ¿Qué tiene que ver esto con la política?
