martes, 24 de septiembre de 2019

¿Estamos creando imbéciles?


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Estoy más que cansado de ver a gente sin talento (pero con infulas de ser la manzana del Edén)
ocupar cargos de alto rango gracias a las influencias de papi o conseguir oportunidades que otras
personas, con muchísisisimo más talento, solo podrían imaginar.

Casos como el de Mijael Garrido Lecca resalta. De no ser por el apellido y el círculo social y laboral que todo el dinero de su familia pudo comprar; no pasaría de ser CM de una página de frases motivacioneles mediocres en Facebook.

Sin embargo podemos encontrarlos en realidades más cercanas, como el compañero pulpín hijo de minero, cuyo depósito mensual compensa cualquier atisbo de habilidad social, carísma y simpatía; o lo que es peor: reemplaza la necesidad de ser buena persona para relacionarse con los demás.

Esta tara en nuestra percepción social de las personas no sería nada grave si se limitara a una rabieta infantil, o a un mocoso idiota alucinándose el gran fotógrafo porque su "api" le compró una cámara semi-profesional y lo mandó con uno de sus amigos ingenieros a "trabajar". El real problema surge cuando esta estupidez es respaldada por la sociedad funcional; cuando le hacemos creer a un cachorro de 19 años que el puesto de supervisor en la empresa de papi se lo ha ganado a pulso y que poner un mural con fotos de los empleados es "la idea del siglo" que ha revolucionado el mercado.

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